lunes, 29 de septiembre de 2008

Tlatelolco, día 54. La marcha del silencio

El viernes 13 de septiembre de 1968 tuvo lugar la más emotiva de las manifestaciones del movimiento: la marcha del silencio. Recuerdo haber estado parado en una de las aceras de Reforma, cerca de la desembocadura de la calle de Roma (donde vivíamos). Iba con mi padre y no sé si también con alguna de mis hermanas. El recuerdo que tengo es, como lo consignó Poniatowska en La noche de Tlatelolco, el sonido de los pasos de los miles de manifestantes. El sonido de las suelas de los zapatos tocando y raspando el asfalto me puso la carne de gallina y me hizo un nudo en la garganta. No sé por qué, pero ese espectáculo silencioso movía al llanto… y vi llorar a más de una de las personas que, como nosotros, atestiguaban el paso de una manifestación en la que algunos muchachos se habían tapado la boca con cinta adhesiva para no permitir que, ni por descuido, la voz se les escapara.
Recuerdo también una manta que me hizo sonreír: “Díaz Ordaz, interpreta nuestro silencio”.
Recuerdo, además, que los espectadores aplaudíamos el paso de los muchachos, pero lo hacíamos con timidez, con poca fuerza, como si el sonido de las palmadas violara la disciplina silenciosa de los manifestantes. No eran aplausos de euforia ni alegría, simplemente era algo que le debíamos ofrecer a los manifestantes.
Y recuerdo a mi padre parado junto a mí, de traje (como siempre) y con las mandíbulas apretadas con fuerza… ¿qué estaría sintiendo, qué estaría recordando?
Ese día, el CNH y la Coalición de Maestros publicaron un desplegado dirigido a la opinión pública y al Congreso de la Unión, en el que analizaron el origen de la incorporación del “delito de disolución social” en el artículo 145 del Código Penal, y su carácter anticonstitucional; señalaron que violaba los artículos 6, 7, 9 y 14 de la Constitución. Al final del documento asentaban: “Nuestro movimiento es profundamente democrático, por eso no podía faltar, como una de sus reivindicaciones esenciales, la exigencia de que se derogue el llamado delito de disolución social”.
El mismo día, 37 sacerdotes manifestaron su posición respecto al movimiento estudiantil, al señalar que “han tomado características que importan a toda la comunidad y no afectan solamente a estudiantes y maestros (...) El actual conflicto importa a todos, por los valores que en él entran en juego, personales y comunitarios. La dignidad de las personas se está viendo lesionada por la calumnia, el insulto (...) El fenómeno social manifestado por el conflicto estudiantil nos hace reflexionar sobre nuestra responsabilidad en el cambio y el desarrollo integral del país”.
Horas antes de que comience la Marcha del Silencio, muchos estudiantes empiezan a reunirse cerca del Museo Nacional de Antropología, desde donde partiría la manifestación. Cerca de las cinco y cuarto de la tarde, los contingentes ya estaban acomodados en una gran columna; los miembros del CNH y los familiares de los estudiantes muertos encabezaban la marcha, con pancartas con las imágenes de Morelos, Hidalgo, Villa y Zapata.
La marcha partió hacia el Zócalo. Durante todo el recorrido se observó “el más estricto orden y una organización perfecta”. Los estudiantes y la gente que apoyaba portaban carteles en los que se pregonaba: “Libertad a la verdad, ¡diálogo!”, “El pueblo nos sostiene, por el pueblo es que luchamos”, “Líder honesto igual a preso político”, “Luchamos por los derechos del pueblo mexicano, ¡Tierra para todos!”.
La gente, situada en las banquetas, formó “una enorme valla a lo largo de todo el recorrido de la manifestación; con sus aplausos y expresivas muestras de simpatía” alentaron a los manifestantes.
A las nueve de la noche con cinco minutos llegó el último contingente al Zócalo, después de haber transitado por Reforma, Juárez, Madero y 5 de Mayo.
La prensa calculó que fueron más de 250 mil las personas que en ese momento ocuparon la explanada de la Plaza de la Constitución.
Uno de los reportes oficiales estableció que “llegaron a la Plaza de la Constitución en número de 40,000 personas, calculándose que un 10 por ciento eran del sexo femenino, un 25 del pueblo en general, entre éstos cien taxistas con sus familias, petroleros, ferrocarrileros, campesinos de la CCI-Comunista, habitantes del poblado de Topilejo, comerciantes en pequeño, vendedores ambulantes, electricistas, padres de familia, etc., el resto lo formaban estudiantes de la UNAM, IPN, Nacional de Maestros, Chapingo, Universidad de Puebla, Veracruz, Iberoamericana. La marcha desde su inicio, se realizó en todos sus aspectos en un completo orden, mediante una atinada organización, amén de que por su carácter de silenciosa, se guardó entre los integrantes de la manifestación un absoluto silencio”.
El mitin comenzó más o menos a las ocho de la noche, con tres oradores: una mujer, un estudiante de Chihuahua y otro de la Escuela Nacional de Economía. Éste dijo: “El movimiento estudiantil ha despertado al pueblo y ahora lucha para decidir la alternativa de si debe existir o no libertad, si existe o no la justicia, si existe o no la democracia. Esta lucha ha producido cambios que son irreversibles. Cientos de miles de ciudadanos se han dado cuenta del origen de los problemas del país y se disponen a tomar el camino para aprender a resolverlos (...) Esta marcha del silencio es la respuesta a la injusticia. Pueden todavía desatar la más brutal de las represiones, pero ya no nos doblegarán; no nos pondrán de rodillas. Hemos comenzado la tarea de hacer un México justo, porque la libertad la estamos ganando todos los días”.
El estudiante de Chihuahua: “La historia nos pondrá en su sitio a cada cual. Se nos acusa de intransigentes y lo cierto es que el gobierno ha escamoteado la verdad al pueblo. El intransigente es el gobierno que pretende discutir los problemas del pueblo a espaldas del pueblo. Sabemos que tenemos responsabilidades como estudiantes (...) pero no queremos anteponer el interés mezquino de llegar a ser médicos o abogados para enriquecernos con una profesión. Nuestra primera responsabilidad es saber ser mexicanos y cumplir con la obligación de luchar al lado del pueblo. Estamos dispuestos a volver a la normalidad, sí; pero no sin democracia y sin libertad”.
Mientras el mitin transcurría en el Zócalo, en los alrededores del Museo de Antropología individuos vestidos de blanco y con metralletas dispararon contra los automóviles dejados por los manifestantes. Destruyeron los parabrisas de los automóviles con bates y varillas. “Un profesor que se hallaba en ese lugar, escuchó una orden en el sentido de que dispararan contra todo aquel que se acercara para impedir que fueran destruidos esos vehículos”, señala el informe de la Femospp.
Cuando los manifestantes regresaron al lugar donde habían dejado sus vehículos, los encontraron balaceados, golpeados, con las llantas desinfladas. El consenso general en ese momento fue que había sido labor de agentes del gobierno, como los que antes habían repartido contrapropaganda; posiblemente militares vestidos de civil o miembros del MURO. O pudo haber sido una de las primeras operaciones de Los Halcones.
Los daños ocasionados a 123 vehículos fueron valuados en más de 300 mil pesos, sin contar nueve vehículos más que de plano desaparecieron.
Guevara Niebla comenta que la manifestación del silencio “reveló la fuerza interior del movimiento. Esta manifestación clausuró cualquier tipo de juego que no fuera la represión (...) El movimiento se vio entrampado y más lejana la solución negociada con las autoridades, que veían amenazado el principio de autoridad y en peligro la imagen del presidente”.