lunes, 6 de octubre de 2008

Tlatelolco, día 73. La matanza

A las nueve de la mañana del miércoles 2 de octubre, una delegación del CNH –formada por Luis González de Alba, de la Facultad de Filosofía y Letras; Gilberto Guevara Niebla, de la de Ciencias y Anselmo Muñoz, de la ESIME– se entrevistó con los representantes de Díaz Ordaz, Andrés Caso y Jorge de la Vega Domínguez, en la casa del rector Barros Sierra. El acuerdo al que se llegó fue que se iniciaría el diálogo.
El CNH sesionaba esa mañana en Zacatenco. Al abrirse la posibilidad de iniciar la negociación y el diálogo, se decidió suspender la movilización prevista desde la Plaza de las Tres Culturas al Casco, para cancelar toda posibilidad de violencia y lograr, por la vía del diálogo, la salida del ejército del Casco de Santo Tomás, aunque se mantuvo la decisión de celebrar el mitin en esa plaza a las cinco de la tarde.
El CNH consideró apropiado instalar el podio de oradores y el equipo de sonido para dirigirse a los asistentes en la terraza-balcón del edificio Chihuahua –los edificios contiguos a la Plaza están construidos con un diseño en el que cada tres pisos hay un espacio común, abierto como terraza-balcón–. Se tenía prevista la participación de contingentes estudiantiles del Poli, UNAM, de otras universidades, grupos obreros, campesinos y sindicales, que llenarían la plaza.
A las cinco y media de la tarde se inició el mitin. Algunas fuentes señalan la asistencia de 15 mil personas, otras calculan la presencia de entre cinco mil y seis mil. En el acto había estudiantes, electricistas, comerciantes, ferrocarrileros y periodistas nacionales y extranjeros. Entre los manifestantes cundió el rumor de que había “decenas de agentes policiacos vestidos de civil”.
El mitin estaba por acabar y ya se había informado la decisión del CNH de suspender la marcha hacia el Casco de Santo Tomás, como medida de seguridad para evitar posibles enfrentamientos con los uniformados, pues se había observado la concentración de tropas a lo largo de la ruta. Se había solicitado a los asistentes que se fueran a sus casas en cuanto concluyera el acto.
Carlos Monsiváis relata: “El acto transcurre un tanto somnoliento aunque emotivo. Parte de la prensa, los oradores y la dirigencia del CNH están en el lugar que sustituye al templete, el tercer piso del edificio Chihuahua. Se reclama el diálogo, menospreciado por el gobierno que nada más admite la rendición. Se nota un ir y venir de personas ‘no identificadas’ o identificadas como sospechosos, con un pañuelo o un guante blanco en la mano izquierda. Se concentran en escaleras, pasillos y entradas del Chihuahua. A las seis y diez de la tarde, se disparan desde un helicóptero dos luces verdes de bengala. Casi de inmediato, sin otro aviso que el ruiderío de las botas, sin prevenir o intentar un diálogo, entran miles de soldados...
La tragedia se desencadenó rápidamente. Hay muchas versiones de lo acontecido, incompletas y contradictorias, que dejan grandes vacíos para una lectura final.
A las seis y diez de la tarde empezó la secuencia de hechos trágicos: un helicóptero sobrevoló la plaza y lanzó una bengala que cayó lentamente a un costado de la torre de la iglesia de Santiago Tlatelolco. Los manifestantes dirigieron, “casi automáticamente, sus miradas hacia arriba”, y cuando se preguntaban qué sucedía, se escuchó “el avance de los soldados”, que entraron a la plaza. Al mismo tiempo, otro helicóptero sobrevoló la zona y lanzó otras dos bengalas. Inmediatamente después se escuchó el ruido de carros militares que se acercaban. Se estacionaron alrededor de la plaza, los soldados saltaron de los carros con sus ametralladoras y entraron a la plaza alrededor de las seis y cuarto. También en los tejados de los edificios había soldados con ametralladoras y pistolas automáticas. La mayoría de los manifestantes aseguró “que los soldados, sin advertencia ni previo aviso, comenzaron a disparar”, desde la torre de Relaciones Exteriores.
Cuando los integrantes del Batallón Olimpia, todos armados –“unos con ametralladoras Thompson, otros con metralletas, otros con pistola calibre 45” –, llegaron al tercer piso, “un individuo vestido de traje azul, rubio, pelado a la brush, se acerca al barandal y empieza a disparar. Hasta ese momento no había habido ningún balazo, de ningún lado”. Después de que este sujeto disparó, “los tiros siguientes no proceden del edificio Chihuahua, los siguientes balazos proceden de la Plaza, con armas de alto poder”, comenta Pablo Gómez.
El Batallón Olimpia había participado, semanas antes, en la toma de CU. En Tlatelolco aparecían resguardando el edificio Chihuahua, identificados por un guante blanco, y en el techo de la iglesia de Santiago Tlatelolco. Según el informe de la Femospp: “Los del guante blanco son la brigada de 120 formada hace una semana por el Cap. Gutiérrez Barrios, con elementos de la Dirección Federal de Seguridad, Policía Judicial Federal, Policía Judicial del Distrito Federal e Inspección Fiscal Federal”.
La plaza se convirtió “en un infierno. Las ráfagas de las ametralladoras y fusiles de alto poder” zumban en todas direcciones. La gente corría de un lado a otro. Por el andador de la Voca 7 entraron contingentes de soldados que se colocaron pecho a tierra apuntando sus fusiles hacia arriba, en dirección al Chihuahua. Desde las tanquetas instaladas sobre la prolongación de San Juan de Letrán, los soldados comenzaron a disparar sus ametralladoras hacia el mismo edificio. También por el poniente, a un costado del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, avanzaron tanques ligeros que se colocaron enfrente de las puertas de la Cancillería.
En la terraza del tercer piso del Chihuahua estaba Félix Fuentes, reportero de La Prensa, quien narró que “abrieron fuego agentes de la Dirección Federal de Seguridad y de la Policía Judicial del Distrito”. Y añadió: “Pudimos percatarnos que agentes policiacos, unos al mando del comandante Cuauhtémoc Cárdenas, de la Judicial del Distrito, esperaban la llegada del ejército para emprenderla contra los líderes estudiantiles”.
La reportera italiana Oriana Fallaci, que se encontraba en el tercer piso del Chihuahua, relató que escuchó “un fuerte ruido en las escaleras. Estaban disparando y fuimos rodeados por policías vestidos de civil. Cada uno de ellos tenía un guante o pañuelo blanco en su mano izquierda, para que pudieran reconocerse. Saltaron sobre los dirigentes estudiantiles y sobre mí. Luego la policía nos ordenó que permaneciéramos tendidos sobre nuestro estómago. La única manera que uno podía protegerse de las balas que provenían de arriba era cubriéndose detrás de la pared frontal de la terraza. De ese modo, la policía usó esta barrera de seguridad, nos colocó a los arrestados, a lo largo de la pared opuesta, donde nos encontramos expuestos a las balas. Estuvimos tendidos ahí cerca de una hora. Cada vez que hacíamos un movimiento, disparaban sus armas contra nosotros”. En esos momentos, añadió la reportera (fallecida en 2006), “ya había un fuego intenso de los soldados abajo, con rifles, ametralladoras, pistolas automáticas”; desde las azoteas y desde helicópteros se hacían disparos de ametralladora (Fallaci es la única que sostuvo esta versión de disparos hechos desde los helicópteros).
En la plaza se generalizó la balacera. Mujeres, niños, jóvenes y adultos corrían despavoridos; algunos se tiraban al suelo, otros buscaban protección en las escalinatas o entre las ruinas prehispánicas, otros más se escondían debajo y detrás de los automóviles estacionados o intentaban refugiarse en los departamentos de Tlatelolco.
Monsiváis escribió: “El fuego es incontenible, con la intervención de ametralladoras y armas de alto poder. Se cierra la Plaza, el Batallón Olimpia detiene a quienes están en el Chihuahua. La gente se tira al suelo, los que pueden huyen, los periodistas se identifican para salvarse; a un fotógrafo, un soldado le traspasa la mano con una bayoneta. Se llama a gritos a los amigos y los familiares, el llanto se generaliza, la histeria y la agonía se confunden.
“Mueren niños, mujeres, jóvenes, ancianos. El grito coral que exhibe la provocación se multiplica: ‘¡Batallón Olimpia; no disparen!’ Los policías y los soldados destruyen puertas y muebles de los departamentos mientras detienen a los jóvenes; a los detenidos en el tercer piso se les desnuda, maniata y golpea; a 2 mil personas se les traslada de la Plaza de las Tres Culturas a las cárceles. Queda claro: la provocación no es ajena al plan de aplastamiento, está en su centro”.
Mucha gente logró huir por el costado oriente de la plaza. Otras personas se toparon con “columnas de soldados que empuñaban sus armas a bayoneta calada y disparaban a todas direcciones”. Las menos afortunadas quedaron tendidas en el suelo, muertas o heridas. El fuego intenso duró aproximadamente media hora. Luego, los disparos disminuyeron, pero el tiroteo se mantuvo hasta las ocho y media de la noche (hay reportes militares que aseguran que el último disparo ocurrió a las once de la noche). En ese lapso se “evitó que las ambulancias de las cruces Roja y Verde llegaran a la Plaza de las Tres Culturas.” A las nueve de la noche, varios edificios ya habían sido ocupados por la tropa y algunos otros estaban siendo cateados. Los asesinos del Batallón Olimpia, vestidos de civil, tenían como contraseña un pañuelo blanco o un guante blanco en la mano derecha y se les oía gritar: “¡Batallón Olimpia, no disparen!”
Cientos de personas con las manos en alto fueron conducidas por los soldados hasta el muro sur de la iglesia de Santiago Tlatelolco. Todas estaban detenidas, a excepción de los fotógrafos y periodistas que pudieran identificarse, y ninguna persona podía abandonar o entrar a la zona, salvo rigurosa identificación. Unos trescientos tanques, unidades de asalto, jeeps y transportes militares tenían rodeada la zona, de Insurgentes a Reforma, hasta Nonoalco y Manuel González.
Algunos de los dirigentes del CNH fueron capturados en el Chihuahua, cuyos departamentos fueron desocupados violentamente por unidades del ejército, del Batallón Olimpia y de la DFS. Otros dirigentes fueron detenidos en la plaza. Todos ellos fueron llevados al lugar donde se concentró a los demás detenidos.
Posteriormente cientos de ellos fueron trasladados al Campo Militar Número Uno. Se calcula que fueron más de dos mil las personas aprehendidas en Tlatelolco. Por orden del general Raúl Mendiolea Cerecero, los hospitales de la Cruz Roja y de la Cruz Verde –así como la información sobre heridos y muertos– quedó bajo control policiaco a partir de las nueve de la noche.
La vigilancia policiaca se extendió a todos los hospitales y anfiteatros a los que fueron conducidos los heridos y muertos. Antes de las nueve de la noche, se informó que a la Cruz Roja habían llegado cuatro cadáveres y se había atendido a 50 heridos de bala de fusil, entre ellos 15 niños; en la tercera delegación había 18 cadáveres, 15 hombres y tres mujeres; en el Rubén Leñero, un muerto y 27 heridos; en la Villa, un muerto, y en el 20 de Noviembre no se especifica el número de heridos y muertos. Se calcula que participaron en la operación militar de Tlatelolco unos cinco mil soldados. En las instrucciones de la Secretaría de la Defensa Nacional se indicó que la operación militar del 2 de octubre (denominada “Galeana”), al mando del general Crisóforo Mazón Pineda, estaba formada por tres agrupamientos y el Batallón Olimpia, éste al mando del coronel de infantería Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle. Mazón emitió un reporte del personal militar muerto y herido en esta operación: un muerto y 16 heridos, entre los heridos se menciona al general José Hernández Toledo.
De acuerdo con el informe de la Femospp: “El Batallón Olimpia, junto con el ejército y con los francotiradores que dispararon contra la multitud, hirieron a más de un centenar de manifestantes y mataron, por lo menos, a 31 gentes de las que tenemos registro”.
A medianoche, después de la matanza, ante la insistencia de los periodistas extranjeros, el director de prensa de la Presidencia, Fernando M. Garza, declaró que la intervención de la autoridad en la Plaza de las Tres Culturas “acabó con el foco de agitación que ha provocado el problema”.
Marcelino García Barragán, en información publicada después de su muerte (ocurrida en 1979), indicó que a las siete de la mañana de ese 2 de octubre: “Estaba en mi despacho (...) planeando la forma de terminar con el movimiento; en esos momentos llegó el capitán Barrios” (Gutiérrez Barrios, entonces jefe de la DFS) “al que esperábamos sus informes, para completar mi plan. Reunidos en mi despacho, escuché todos los informes y pregunté al capitán Barrios ‘¿podremos encontrar en el Edificio Chihuahua algunos departamentos vacíos, donde meter una Compañía?’, Barrios me contestó, déjeme ver; tomó el teléfono y habló con el general Oropeza, me pasó el audífono, y le dije a Oropeza que me consiguiera para antes de las dos de la tarde los departamentos que pudiera para meter una Compañía; en media hora tenía conseguidos tres departamentos vacíos a mi disposición, uno en el tercer piso y 2 en el cuarto piso, serían las 11 del 2 de octubre cuando recibí este informe (que) se necesitaba para completar mi plan que nada mas yo lo sabía, pues el Estado Mayor me indicó que no encontraban la forma de aprehender a los cabecillas sin echar balazos. (...) Mi plan consistía en aprehender a los cabecillas del movimiento, sin muertos ni heridos; éstos tenían cita a las cuatro de la tarde en el 3er. piso del Edificio Chihuahua… Terminamos el plan a las dos de la tarde y lo tradujimos en órdenes que se cumplieron a las 15:30 de esa tarde. El capitán Careaga faltando 20 minutos estaba acantonado en los departamentos vacíos del Edificio Chihuahua, con órdenes de aprehender a Sócrates Amado Campos cuando estuviera al micrófono; el coronel Gómez Tagle a las 3:40 del día 2 estaba con su Batallón Olimpia con su dispositivo, para tapar todas las salidas del Edificio Chihuahua, para evitar la fuga de los cabecillas que a las cuatro de la tarde ya estaban todos en los balcones del 3er. piso y una terraza para empezar el mitin”.
En otro texto, García Barragán señaló que Gutiérrez Oropeza, jefe del estado mayor presidencial, “mandó apostar, en los diferentes edificios que daban a la Plaza de las Tres Culturas, diez oficiales armados con metralletas, con órdenes de disparar sobre la multitud ahí reunida y que fueron los autores de algunas bajas entre gente del pueblo y soldados del ejército”.
En la publicación póstuma del testimonio de García Barragán, éste señaló que “a la hora en que Sócrates estaba más entusiasmado hablando a la multitud con micrófono en mano, un soldado escogido por el capitán X, muy fuerte y decidido, jaló de las piernas a Sócrates derribándolo, éste siguió hablando hasta que el capitán le puso su pie en el micrófono y se lo quitó, en esos momentos comenzaron los disparos de las cinco columnas de seguridad que a las órdenes de XXX estaban apostadas en las azoteas de los demás edificios esperando al ejército, que contestó el fuego”. Y agregó: “A los primeros disparos el Batallón Olimpia se replegó en las entradas del Edificio Chihuahua y aprehendió como 400 individuos entre los que se encontraron todos los cabecillas del movimiento, descabezándolo con este hecho, que fue el éxito completo de mi plan...” Y comentó que “como a las 7:30 de la noche me habló el general Mazón, para pedir permiso para registrar los edificios donde había francotiradores, lo autoricé y como a los 15 minutos me habló el general Oropeza. Mi general, me dijo: tengo varios oficiales del Estado Mayor Presidencial apostados en algunos departamentos, armados con metralletas para ayudar al ejército con órdenes de disparar a los estudiantes armados, ya todos abandonaron los edificios, sólo me quedan dos que no alcanzaron a salir y la tropa ya va subiendo y como van registrando los cuartos temo que los vayan a matar, quiere usted ordenar al general Mazón que los respeten.” García Barragán comentó que habló con éste, “trasmitiéndole la petición del general Oropeza”, y que aquél le comunicó haber encontrado a los dos hombres armados con metralletas y dijeron “haber disparado hacia abajo”.

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